Submarinos eléctricos, viajes a la Luna, máquinas extraordinarias y un mundo cada vez más conectado. Julio Verne suele ser presentado como el hombre que predijo tecnologías que aparecerían décadas después. Pero su verdadera genialidad fue otra: observar lo que ya estaba naciendo y preguntarse hasta dónde podía llegar.
Hoy tenemos una herramienta que multiplica extraordinariamente nuestra capacidad para hacer esa misma pregunta: la Inteligencia Artificial - IA. Y allí aparece una oportunidad enorme para las empresas, siempre que entendamos algo fundamental: la IA potencia la capacidad humana; no elimina la necesidad de imaginar, cuestionar, validar y decidir.
Julio Verne no predijo el futuro: observó mejor el presente
Cuando Verne publicó Veinte mil leguas de viaje submarino en 1870, los seres humanos llevaban décadas experimentando con embarcaciones sumergibles. Robert Fulton había construido en 1800 un submarino llamado, curiosamente, Nautilus, y Verne conoció desarrollos de su época, entre ellos el submarino francés Le Plongeur.
Tampoco fue el primero en imaginar un viaje a la Luna ni en pensar en un mundo conectado por nuevas formas de transporte. Su aporte fue diferente: tomó señales existentes, las proyectó mucho más allá de sus límites y se hizo preguntas que otros no estaban formulando.
Un submarino existía, pero Verne imaginó uno capaz de atravesar los océanos con enorme autonomía. La astronomía existía, pero imaginó seres humanos viajando fuera de la Tierra. Los ferrocarriles y los barcos de vapor existían, pero imaginó un planeta en el que la tecnología reducía radicalmente las distancias.
Julio Verne no tenía una ventana mágica hacia el futuro. Tenía información sobre su presente, curiosidad y, sobre todo, la capacidad de preguntar:
¿Qué ocurriría si esta tecnología fuese 10, 50 o 100 veces mejor?
Esa pregunta sigue siendo extraordinariamente poderosa
Pensemos ahora en nuestra empresa. Todos conocemos procesos que se realizan de determinada manera simplemente porque siempre se han hecho así: personas leyendo documentos, trasladando información entre sistemas, preparando informes repetitivos, revisando correos, buscando datos en carpetas o consolidando manualmente información antes de poder analizarla.
La oportunidad de la IA no consiste solo en hacer esas tareas un poco más rápido. La pregunta más interesante es otra:
Si hoy tuviéramos que diseñar este proceso desde cero, sabiendo que existe la Inteligencia Artificial, ¿lo construiríamos de la misma manera?
Tal vez un proceso que hoy requiere recibir un documento, identificarlo, buscar datos, digitarlos, compararlos y preparar un informe podría transformarse en un flujo donde un sistema identifique el documento, extraiga la información relevante, encuentre inconsistencias y prepare un resultado preliminar.
Entonces cambia también el trabajo de la persona. Ya no necesita dedicar la mayor parte de su tiempo a trasladar información. Puede dedicarlo a revisar, interpretar excepciones, analizar y tomar decisiones. Eso es transformación.
Este cambio parece sencillo, pero modifica profundamente la forma de entender la automatización. Durante años digitalizamos procesos sin cuestionar su diseño: cambiamos el papel por una pantalla, el archivo físico por una carpeta digital o una llamada por un formulario, pero conservamos casi intacta la lógica original. Con IA tenemos la posibilidad de ir más lejos.
La pregunta no es únicamente «¿en qué paso ponemos IA?». También debemos preguntarnos si todos los pasos siguen siendo necesarios. Un proceso diseñado hace diez o quince años respondió a las limitaciones tecnológicas de ese momento. Hoy algunas de esas limitaciones ya no existen.
Rediseñar no significa eliminar personas indiscriminadamente. Significa reservar su tiempo para aquello donde realmente aportan más valor: comprender situaciones excepcionales, conversar con clientes, negociar, interpretar, decidir, crear y asumir responsabilidad.
La IA puede producir respuestas. Nosotros debemos formular las preguntas.
Los modelos actuales pueden resumir, clasificar, comparar, programar, generar contenidos, analizar grandes volúmenes de información e identificar patrones a una velocidad y escala imposibles para una persona. Cada nueva generación amplía esas capacidades.
Pero una empresa no mejora simplemente porque una IA pueda producir una respuesta. Antes alguien debe observar una realidad y decir: «Esto podría hacerse de otra manera».
Ese primer acto sigue siendo profundamente humano. Alguien debe conocer el negocio, detectar la oportunidad, definir el problema, establecer qué resultado sería útil y decidir qué riesgo es aceptable. La IA puede ayudar a explorar alternativas, pero no debemos asumir que todo lo que produce es correcto; la supervisión debe ser proporcional a la consecuencia de la decisión.
No es lo mismo clasificar automáticamente un documento que utilizar IA para apoyar una decisión contractual, financiera, médica o una decisión que afectará a muchas personas. A mayor consecuencia, mayor importancia del criterio y la supervisión humana.
Y aquí aparece una idea central: en un mundo donde cada vez más personas tienen acceso a herramientas capaces de producir respuestas, saber hacer las preguntas correctas aumenta de valor.
Esto también cambia la conversación sobre talento. Una organización no necesita que todos sus colaboradores se conviertan en expertos técnicos en inteligencia artificial. Sí necesita personas capaces de entender su trabajo, detectar oportunidades, comunicarse con claridad, cuestionar resultados, aprender nuevas herramientas y combinar experiencia con tecnología.
Por eso, el conocimiento del negocio no pierde importancia. Al contrario: una herramienta potente en manos de alguien que conoce profundamente el proceso, al cliente y sus riesgos puede producir mucho más valor que la misma herramienta utilizada sin contexto.
Ser Humano + Inteligencia Artificial
La conversación más útil no es «persona o IA». Es Ser Humano + Inteligencia Artificial.
El ser humano aporta contexto, experiencia, conocimiento del negocio, imaginación, criterio, propósito, valores y responsabilidad. La IA aporta velocidad, análisis, generación de alternativas, disponibilidad y capacidad para trabajar con enormes volúmenes de información.
Un equipo humano puede encontrar tres buenas alternativas durante una reunión. Ese mismo equipo, trabajando con IA, puede explorar treinta, cuestionarlas, compararlas, encontrar debilidades y construir nuevas soluciones a partir de lo mejor de cada una.
La IA no tiene por qué reducir el espacio para el pensamiento humano. Bien utilizada, puede ensancharlo.
Por eso, más que discutir si una IA «es creativa» en el mismo sentido que una persona, para una empresa resulta más útil preguntarse:
¿Puede ayudarnos a ampliar nuestra capacidad para imaginar y construir mejores soluciones?
La respuesta es sí, especialmente cuando se utiliza junto con personas que conocen el negocio y saben qué problema vale la pena resolver.
Tal vez nuestra empresa necesite su propio Julio Verne
No para predecir el futuro, sino para imaginarlo.
Cada organización tiene su propio equivalente del submarino de Verne: un proceso que hoy parece inevitable, una actividad que consume demasiadas horas, información que existe pero no se aprovecha, decisiones que podrían tomarse mejor, conocimiento concentrado en pocas personas o controles que llegan después de que ocurre el problema.
La verdadera oportunidad de la inteligencia artificial comienza cuando la organización observa esas situaciones y se pregunta:
- ¿Qué hacemos hoy que podría hacerse radicalmente mejor?
- ¿Qué información tenemos y todavía no estamos aprovechando?
- ¿Qué problema hemos aceptado porque hasta ahora no existía una mejor alternativa?
- ¿Qué sería posible si algunas tareas que requieren horas pudieran realizarse en minutos?
Adoptar IA no debería comenzar necesariamente preguntando qué herramienta comprar. Puede comenzar recorriendo la organización, entendiendo sus problemas y rediseñando partes del negocio con capacidades que hace pocos años simplemente no estaban disponibles.
La inteligencia artificial puede ayudarnos a explorar cien respuestas. Pero alguien debe formular la pregunta. Alguien debe conocer el negocio. Alguien debe determinar cuáles respuestas tienen sentido. Y alguien debe convertir las mejores en realidad.
Ese alguien sigue siendo humano.
En IA-LO-TENEMOS creemos que allí está precisamente la oportunidad: no en incorporar Inteligencia Artificial porque esté de moda, sino en entender cada organización, descubrir dónde puede producir una diferencia real y acompañar la transformación desde el problema empresarial hasta una solución útil, medible y responsable.
Julio Verne imaginó futuros utilizando las herramientas de su tiempo. Nosotros conocemos y trabajamos con las nuevas herramientas que hoy están ampliando lo posible.
Ahora le invitamos a pensar: ¿cómo podemos apoyarle para construir el futuro de su organización con ellas?