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Julio Verne no predijo el futuro: hizo una pregunta que hoy deberíamos hacerle a la IA

Julio Verne imaginó futuros con las herramientas de su tiempo. La IA nos permite explorar futuros con las herramientas del nuestro. Pero imaginar qué futuro queremos construir sigue siendo una decisión humana.

Agosto de 2026 • 13 min de lectura

Submarinos eléctricos, viajes a la Luna, máquinas extraordinarias y un mundo cada vez más conectado. Julio Verne suele ser presentado como el hombre que predijo tecnologías que aparecerían décadas después. Pero su verdadera genialidad fue otra: Observar lo que ya estaba naciendo y preguntarse hasta dónde podía llegar.

Hoy tenemos una herramienta que multiplica extraordinariamente nuestra capacidad para hacer esa misma pregunta: La Inteligencia Artificial- IA. Y allí aparece una oportunidad enorme para las empresas, siempre que entendamos algo fundamental: la IA potencia la capacidad humana; no elimina la necesidad de imaginar, cuestionar, validar y decidir.

Julio Verne no inventó el submarino

Cuando pensamos en Julio Verne resulta difícil separar al escritor de la imagen del visionario: Veinte mil leguas de viaje submarino, De la Tierra a la Luna, La vuelta al mundo en ochenta días

Vistas desde el presente, algunas de sus historias parecen extraordinarias predicciones de tecnologías y acontecimientos que tardarían décadas en hacerse realidad. 

Pero la historia es bastante más interesante: Julio Verne no inventó el submarino.

Cuando publicó Veinte mil leguas de viaje submarino en 1870, los seres humanos llevaban décadas experimentando con embarcaciones sumergibles. Robert Fulton había construido en 1800 un submarino llamado, curiosamente, Nautilus. Además, Verne conoció desarrollos de su época y visitó la Exposición Universal de París de 1867, donde pudo observar un modelo del submarino francés Le Plongeur. El Smithsonian explica que Verne tomó la ciencia y la tecnología disponibles en su tiempo y las reimaginó de maneras extraordinarias.

Tampoco fue el primero en imaginar un viaje a la Luna. Y cuando escribió La vuelta al mundo en ochenta días, dar la vuelta al planeta tampoco era algo desconocido.

Entonces, ¿qué hizo realmente? Hizo algo quizá más valioso que «predecir el futuro»: Observó el presente con otros ojos.

Vio tecnologías nacientes e incluso experimentales y fue capaz de imaginar qué ocurriría si algún día dejaran de tener esas limitaciones. 

Un submarino existía. Pero Verne imaginó uno capaz de atravesar los océanos con enorme autonomía. 

La astronomía existía. Pero imaginó seres humanos viajando fuera de la Tierra. 

Los ferrocarriles y los barcos de vapor existían. Pero imaginó un planeta en el que la tecnología había reducido radicalmente las distancias.

Julio Verne no tenía una ventana mágica hacia el futuro, tenía información sobre su presente, una enorme curiosidad y sobre todo, la capacidad de hacerse preguntas. Quizá una de ellas podría expresarse hoy así:

¿Qué ocurriría si esta tecnología fuese 10, 50 o 100 veces mejor?

Esa pregunta sigue siendo extraordinariamente poderosa

Pensemos por un momento en nuestra propia empresa. Probablemente existen procesos que hacemos hoy de determinada manera simplemente porque siempre se han hecho así.

Personas leyendo cientos de documentos, colaboradores trasladando información de un sistema a otro, profesionales haciendo tareas manuales para preparar informes repetitivos, equipos revisando correos para identificar cuáles requieren atención, personas buscando información distribuida entre carpetas, hojas de cálculo, aplicaciones y bases documentales, clientes esperando respuestas que la organización ya tiene, pero que alguien debe encontrar, Gerentes recibiendo la misma información de múltiples fuentes, cada una distinta y después de que los problemas ocurrieron en lugar de anticiparlos, procesos que requieren cinco pasos porque hace diez años no existía una alternativa mejor.

Ahora hagamos la pregunta de Verne:

¿Qué pasaría si pudiéramos hacer ese proceso 10 veces más rápido? ¿Y si pudiéramos revisar 50 veces más información? ¿Y si pudiéramos detectar un problema antes de que alguien tuviera que buscarlo? ¿Y si un sistema pudiera leer los documentos que recibe nuestra organización, entender de qué tratan, extraer la información relevante y preparar una primera versión del resultado? ¿Y si pudiéramos conversar con toda la información de nuestra empresa? ¿Y si un profesional pudiera dedicar dos horas al análisis que realmente requiere criterio, en lugar de seis horas recopilando información para comenzar a analizar?

Ahí comienza una conversación mucho más interesante sobre inteligencia artificial.

La IA no es una caja mágica

Uno de los problemas actuales con la Inteligencia Artificial - IA - es que estamos pasando rápidamente de subestimarla a atribuirle capacidades casi mágicas.

Los modelos actuales aprenden relaciones y patrones a partir de enormes cantidades de información existente y en base a este conocimiento, se pueden utilizar para generar contenidos nuevos, resumir, clasificar, comparar, programar, analizar información, identificar relaciones y resolver determinados problemas.  Por eso pueden producir una respuesta, aplicando la información con la que fueron entrenados.

Pero eso tampoco significa que tengamos frente a nosotros un «cerebro electrónico» que comprenda el mundo exactamente como lo hacemos nosotros. La IA puede generar, puede relacionar, puede inferir, puede analizar, puede encontrar patrones y puede proponer alternativas, porque puede trabajar a una velocidad y una escala imposibles para una persona: El procesador de un computador casero promedio (Intel Core i5 o AMD Ryzen 5) tiene entre 6 y 10 núcleos. Cada núcleo corre a una velocidad de reloj de unos 4.000 millones de ciclos por segundo. Al multiplicar los ciclos por la cantidad de núcleos y su eficiencia interna, el chip promedio logra ejecutar entre 200 mil millones o 500 mil millones de instrucciones cada segundo.

Y cada generación de sistemas informáticos está ampliando esas capacidades con enorme rapidez. El Stanford AI Index documenta precisamente la velocidad con la que estas tecnologías están aumentando sus capacidades y extendiéndose en la economía y la sociedad.

Pero existen diferencias fundamentales: La IA no dirige una empresa porque tenga un sueño empresarial. No decide mejorar la experiencia de un cliente porque le preocupe ese cliente. No se levanta una mañana preguntándose cómo reducir los accidentes de una operación. No conoce por sí misma las prioridades reales de nuestra organización. No carga con las consecuencias de una mala decisión. Y tampoco debemos asumir que todo lo que produce es correcto.

Los sistemas de IA pueden equivocarse, interpretar incorrectamente una situación o incluso producir información convincente pero falsa. Precisamente por ello, los principales marcos internacionales de IA responsable incluyen conceptos como supervisión humana, trazabilidad, gestión del riesgo y responsabilidad.

Esta diferencia es fundamental para entender dónde está realmente su valor.

La IA puede ayudar a producir respuestas. La empresa debe encontrar las preguntas.

Volvamos a Julio Verne.

La tecnología de su tiempo le proporcionaba piezas. Él imaginaba nuevas formas de conectarlas. Con la inteligencia artificial ocurre algo parecido, pero a una escala completamente diferente.

Hoy podemos tener acceso a una herramienta capaz de estudiar miles de documentos, analizar datos, generar alternativas, comparar escenarios y ayudarnos a desarrollar una idea en minutos. Eso es extraordinario.

Pero antes de todo ello alguien debe observar una realidad y decir:

«Esto podría hacerse de otra manera».

Ese primer acto sigue siendo profundamente importante. Imagine una empresa que recibe diariamente cientos de documentos. La IA no necesariamente llegará espontáneamente y dirá:

«He descubierto que ustedes utilizan seis personas para clasificar documentos que podrían clasificarse automáticamente y que, además, podría extraerse su información, verificar inconsistencias y alimentar directamente su sistema empresarial».

Alguien tiene que observar ese proceso. Alguien tiene que conocer suficientemente bien el negocio. Alguien tiene que identificar que existe una oportunidad.

Y entonces sí podemos formular una nueva pregunta:

¿Qué pasaría si este proceso estuviera diseñado desde cero utilizando Inteligencia Artificial?

Ese cambio parece pequeño. No lo es.

No se trata de poner IA sobre procesos antiguos

Esta puede ser una de las equivocaciones más costosas en la adopción empresarial de inteligencia artificial. 

Tomamos un proceso diseñado hace quince años y preguntamos:

¿Dónde ponemos IA?

Quizá deberíamos comenzar por otra pregunta:

Si hoy tuviéramos que diseñar este proceso desde cero, sabiendo que existe la Inteligencia Artificial, ¿lo construiríamos de la misma manera?

Probablemente muchas veces la respuesta será no.

Un sistema tradicional puede exigir que una persona:

  1. Reciba un documento;
  2. Identifique qué documento es;
  3. Abra una aplicación;
  4. Busque determinados datos;
  5. Los digite;
  6. Revise otra fuente;
  7. Compare la información;
  8. Prepare un informe;
  9. Envíe el resultado.

Cuando incorporamos IA, la oportunidad no consiste necesariamente en hacer el paso 5 un poco más rápido. Puede consistir en preguntarnos por qué siguen existiendo los nueve pasos.

Tal vez el sistema podría recibir el documento, identificarlo, interpretarlo, consultar información complementaria, encontrar inconsistencias, estructurar los datos y preparar un resultado preliminar.

Entonces cambia también el trabajo de la persona. Ya no necesita dedicar la mayor parte de su tiempo a trasladar información. Puede dedicarlo a revisar, interpretar excepciones y tomar decisiones. ¡¡ Eso es transformación !!.

El ser humano no desaparece de la ecuación. Cambia de lugar.

Durante décadas hemos construido organizaciones en las que una parte considerable del trabajo humano consiste en buscar información, copiarla, clasificarla, consolidarla, organizarla y convertirla en formatos diferentes.

La Inteligencia Artificial puede asumir cada vez más parte de ese trabajo.

Eso no debería asustarnos.

Debería obligarnos a preguntarnos cuál es realmente el trabajo en el que necesitamos personas.

Porque cuando una máquina puede ayudarnos con la recopilación, la clasificación, el análisis inicial y la generación de alternativas, aumenta proporcionalmente la importancia de otras capacidades:

formular buenas preguntas,

entender el contexto,

identificar excepciones,

cuestionar resultados,

definir prioridades,

imaginar posibilidades,

ejercer criterio,

validar cuando el riesgo lo exige,

tomar decisiones

y asumir responsabilidad por ellas.

No significa que cada resultado producido por una IA necesite siempre la revisión de una persona.

No tendría sentido revisar manualmente cada correo clasificado automáticamente o cada documento cuyo nombre fue identificado por un sistema.

La supervisión humana debe ser proporcional al riesgo.

No es lo mismo utilizar IA para clasificar una fotografía que utilizarla para recomendar la aprobación de un crédito, interpretar un contrato, elaborar un diagnóstico médico o tomar una decisión que afectará a cientos de personas.

A mayor consecuencia de la decisión, mayor importancia del criterio y la supervisión humana.

Entonces, ¿puede la IA ser creativa?

Probablemente esta ni siquiera sea la pregunta empresarial más útil.

Una IA puede producir imágenes que nunca habían existido. Puede escribir historias nuevas. Puede diseñar alternativas. Puede combinar conceptos de maneras inesperadas. Puede proponer soluciones que ninguna persona del equipo había considerado. Podemos discutir filosóficamente durante años si eso merece llamarse creatividad. 

Pero para una empresa existe una pregunta mucho más práctica:

¿Puede ayudarnos a ampliar nuestra capacidad para imaginar soluciones?

La respuesta es claramente: SI, pero debemos hacerlo en conjunto y no de forma individual. Imagine un equipo humano capaz de producir tres alternativas razonables para resolver un problema durante una reunión.

Ahora imagine que ese mismo equipo puede utilizar IA para explorar treinta alternativas, cuestionarlas, compararlas, encontrar sus debilidades y en conjunto construir otras nuevas treinta ideas a partir de lo mejor de las opciones analizadas.

La IA no reduce necesariamente el espacio para el pensamiento humano. Bien utilizada, puede ensancharlo.

Julio Verne + Inteligencia Artificial

Hagamos un experimento mental.

¿Qué habría sucedido si Julio Verne hubiera tenido acceso a una IA actual?

No podemos saberlo.

Pero probablemente no habría necesitado dedicar tanto tiempo a buscar determinados datos, realizar cálculos iniciales, consultar referencias dispersas o explorar manualmente cada alternativa.

Podría haber preguntado:

¿Cuáles son los principales problemas técnicos que impedirían que un submarino permaneciera seis meses bajo el agua?

Y después:

Dame veinte posibles formas de resolver cada uno.

Luego:

¿Cuáles violan las leyes conocidas de la física?

Después:

Conserva solamente las plausibles.

Y finalmente:

¿Qué nuevas tecnologías tendrían que existir para hacer posibles las restantes?

En pocas horas podría explorar un espacio de posibilidades que antes habría requerido meses o quizás años.

Pero seguiría faltando un Julio Verne. Porque alguien tendría que preguntar:

¿Y si pudiéramos permanecer seis meses debajo del océano?

Ahora llevemos esa pregunta a nuestra empresa

Aquí es donde la historia deja de ser literatura.

Cada organización posee su propio equivalente del submarino de Verne.

Un proceso que hoy parece inevitable. Un problema que hemos aprendido a tolerar. Una actividad que consume demasiadas horas. Información que poseemos pero no aprovechamos. Decisiones que podrían tomarse mejor. Clientes que podrían recibir un mejor servicio.  Conocimiento que solamente existe en la cabeza de determinadas personas. Documentos que contienen información valiosa pero permanecen almacenados como archivos. Controles que realizamos después de que ocurre el problema. Reportes que explican el pasado cuando podrían ayudarnos a anticipar el futuro.

La verdadera oportunidad de la inteligencia artificial comienza cuando una organización observa esas situaciones y vuelve a hacerse aquella pregunta:

¿Qué ocurriría si pudiéramos hacer esto 10, 50 o 100 veces mejor?

No necesariamente significa comprar una plataforma de moda. Ni instalar un sistema de moda como un chatbot. Ni utilizar cierto modelo de IA, porque las redes sociales hablan sólo de esta. 

Puede significar algo mucho más profundo:

Rediseñar una parte del negocio aprovechando capacidades que hace pocos años simplemente no estaban disponibles.

Ser Humano + Inteligencia Artificial

Esa es la conversación correcta:  Ser humano más Inteligencia Artificial.

El ser humano aporta contexto, propósito, experiencia, conocimiento del negocio, intuición, creatividad, valores, criterio y responsabilidad.

La IA aporta capacidad de procesamiento, disponibilidad, velocidad, generación de alternativas, análisis de grandes volúmenes de información y una extraordinaria habilidad para encontrar y combinar patrones.

Separados son poderosos.

Juntos pueden ser mucho más interesantes.

Humano

  • Conocimiento del negocio
  • Experiencia
  • Imaginación
  • Criterio
  • Propósito

Inteligencia Artificial

  • Información
  • Velocidad
  • Análisis
  • Generación
  • Escala

Humano + IA = nuevas formas de trabajar.

Tal vez nuestra empresa necesite su propio Julio Verne

No para predecir el futuro, sino para imaginarlo.

Julio Verne miró las tecnologías que comenzaban a aparecer en el siglo XIX y las proyectó mucho más lejos de las capacidades que tenían en aquel momento.

Hoy estamos viviendo un momento parecido. La inteligencia artificial todavía está evolucionando. Muchas de sus posibilidades apenas comienzan a integrarse realmente en las organizaciones. Y probablemente algunas de las aplicaciones empresariales más importantes de los próximos años todavía no tienen nombre. Quizá estén escondidas dentro de procesos que hoy consideramos normales.

Por eso adoptar IA no debería comenzar necesariamente preguntando:

¿Qué herramienta de inteligencia artificial compramos?

Debería comenzar recorriendo nuestra organización y preguntándonos:

  • ¿Qué hacemos hoy que podría hacerse radicalmente mejor?
  • ¿Qué sabemos que todavía no estamos aprovechando?
  • ¿Qué problema hemos aceptado simplemente porque hasta ahora no existía una mejor alternativa?
  • ¿Qué podríamos hacer si el costo de analizar información disminuyera drásticamente?
  • ¿Qué sería posible si algunas tareas que requieren horas pudieran realizarse en minutos?

Y, nuevamente:

¿Qué ocurriría si esto fuese 10, 50 o 100 veces mejor?

La inteligencia artificial puede ayudarnos a explorar cien respuestas. Pero alguien debe formular la pregunta. Alguien debe conocer el negocio. Alguien debe determinar cuáles respuestas tienen sentido. Y alguien debe convertir las mejores en realidad.

Ese alguien sigue siendo humano.

En IA-LO-TENEMOS creemos que allí está precisamente la oportunidad: no en incorporar Inteligencia Artificial porque esté de moda, sino en entender cada organización, descubrir dónde puede producir una diferencia real y acompañar la transformación desde el problema empresarial hasta una solución útil, medible y responsable.

Julio Verne imaginó futuros utilizando las herramientas de su tiempo.

Nosotros tenemos el conocimiento y experticia en estas nuevas herramientas.

Ahora le invitamos a pensar: ¿Cómo podemos apoyarle para construir su futuro con ellas?.